De Lucas y yo.
Accidentalmente toqué mi cabeza y me di cuenta que todo el tiempo estuve sangrando. En mis manos manchadas se posó un insecto que espanté de un soplido. Apoyé mis manos de nuevo en el pasto y de un solo tirón arranqué de raíz lo que alcancé a abarcar. Lo supe: una parte de mí era ese insecto que ahora volaba contra su voluntad hacia un lugar desconocido. Y el pasto arrancado eran mis propios pensamientos que volaban como aquél bicho. Me desintegraba, me deshacía en fragmentos.
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